Después de no saber de nada de su antiguo pueblo, un día se topó con un conocido. Su reacción inmediata fue huir para no tener que sostener una plática forzada sobre cosas que poco le interesan. Aunque huyó, el solo hecho de haber visto a esa persona de su pueblo le trajo recuerdos y manejando camino a casa recordó los vidrios rotos, las calles oscuras, el olor a hollín, el clima frío y todas esas cosas que vivió y a las que nunca les encontró sentido; la palabra "vacío" era la que mejor definía su pasado. Un vado lo sacudió y casi lo saca del camino, decidió pararse por que su Ford Pinto empezó a temblar y a hacer un ruido extraño. A unos cuantos metros estaba el río y junto al río una cabaña de maderas que fueron blancas y ahora ya eran más bien color canela con manchas de color crema; a la entrada de la cabaña una mecedora de metal oxidada era lo único que sobresalía entre la hierba densa que parecía ser la vida predominante en ese cuadro de óleos que nunca secarían por la humedad del lugar.
Cerró su carro y se abrió paso por la hierba que no mostraba camino en su reinado y que advertía con el canto de las chicharras que la voz de los humanos son solo ecos sombríos, susurros del viento de las ideas. 22 pasos fueron los que dio antes de caer víctima del dolor causado por el veneno de una serpiente que desapareció como desaparecía el viento en su pueblo del ayer, en el que los árboles secos, carentes de hojas, escondían la dirección de ese viento en un cuadro congelado. Antes de que el veneno le causara un delirio, razonó que no tenía caso regresar al carro y buscar ayuda si el único centro que podría tener un antídoto estaba a más de 4 horas, tiempo en el que ya estaría muerto. Aguantando el dolor se quedó en la hierba. Nunca odió a la muerte ni le preocupo su llegada, así que decidió esperar su fin con toda tranquilidad.
Una patada en el estómago rompió la paz con la que había decidido morir, otra vez era atacado por una piel de serpiente. Leandro Martín, el conocido que provocó su huida, le dio una segunda patada con sus botas de víbora y vio como se retorcía enmudecido de dolor e incertidumbre. Leandro siguió su rastro y encontró a su presa, era un asesino, nada especial, era un inútil hasta que le servía a alguien que buscara venganza o quitar del camino a quien le estorbara. Un tercer puntapié hizo que mirara a Leandro con terror y Leandro gozó esa mirada que lo hacía sentir superior en su miserable existencia. De la cabaña no salió nadie, del rió no se vio ninguna embarcación y la serpiente que ahora haría un bien envenenando a Leandro tampoco apareció. El puñal que le atravesó la carne tenía un acabado de piel de víbora, pero ya casi sin escamas, en la cacha, y su hoja ya estaba oxidada pero era tan eficaz como los colmillos que le inyectaron el veneno. Fueron muchas puñaladas, más de un minuto. El veneno de la serpiente no le dio muerte, la muerte llegó por que su sangre hizo un charco que mojó su ropa y llegó casi hasta el río; la escena fue silenciosa bajo el canto de las chicharras. Leandro se fue con las botas manchadas del buen resultado de su trabajo. La palabra "vacío" tomo el cuerpo, los recuerdos y el aliento de la víctima, que se perdieron como la serpiente, como el viento.
El Ford Pinto duró 3 días más ahí, igual que el cadáver de quién nadie supo a ciencia cierta quién fue ni por qué murió. El periódico tuvo su encabezado amarillista y el cuerpo se fue a la fosa común, ese pozo en la tierra en el que hay tanto muerto que alguna vez pudo haber sido alguien, antes de que la indiferencia los convirtiera en nadie.
Cerró su carro y se abrió paso por la hierba que no mostraba camino en su reinado y que advertía con el canto de las chicharras que la voz de los humanos son solo ecos sombríos, susurros del viento de las ideas. 22 pasos fueron los que dio antes de caer víctima del dolor causado por el veneno de una serpiente que desapareció como desaparecía el viento en su pueblo del ayer, en el que los árboles secos, carentes de hojas, escondían la dirección de ese viento en un cuadro congelado. Antes de que el veneno le causara un delirio, razonó que no tenía caso regresar al carro y buscar ayuda si el único centro que podría tener un antídoto estaba a más de 4 horas, tiempo en el que ya estaría muerto. Aguantando el dolor se quedó en la hierba. Nunca odió a la muerte ni le preocupo su llegada, así que decidió esperar su fin con toda tranquilidad.
Una patada en el estómago rompió la paz con la que había decidido morir, otra vez era atacado por una piel de serpiente. Leandro Martín, el conocido que provocó su huida, le dio una segunda patada con sus botas de víbora y vio como se retorcía enmudecido de dolor e incertidumbre. Leandro siguió su rastro y encontró a su presa, era un asesino, nada especial, era un inútil hasta que le servía a alguien que buscara venganza o quitar del camino a quien le estorbara. Un tercer puntapié hizo que mirara a Leandro con terror y Leandro gozó esa mirada que lo hacía sentir superior en su miserable existencia. De la cabaña no salió nadie, del rió no se vio ninguna embarcación y la serpiente que ahora haría un bien envenenando a Leandro tampoco apareció. El puñal que le atravesó la carne tenía un acabado de piel de víbora, pero ya casi sin escamas, en la cacha, y su hoja ya estaba oxidada pero era tan eficaz como los colmillos que le inyectaron el veneno. Fueron muchas puñaladas, más de un minuto. El veneno de la serpiente no le dio muerte, la muerte llegó por que su sangre hizo un charco que mojó su ropa y llegó casi hasta el río; la escena fue silenciosa bajo el canto de las chicharras. Leandro se fue con las botas manchadas del buen resultado de su trabajo. La palabra "vacío" tomo el cuerpo, los recuerdos y el aliento de la víctima, que se perdieron como la serpiente, como el viento.
El Ford Pinto duró 3 días más ahí, igual que el cadáver de quién nadie supo a ciencia cierta quién fue ni por qué murió. El periódico tuvo su encabezado amarillista y el cuerpo se fue a la fosa común, ese pozo en la tierra en el que hay tanto muerto que alguna vez pudo haber sido alguien, antes de que la indiferencia los convirtiera en nadie.
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