martes, 31 de marzo de 2015

Nomás una o dos.

Hoy vi un rato la tele y estaba de nervios, tenía miedo de acabar idiotizado pero después de ver Los Simpson vi un documental sobre Wagner y un programa con cortometrajes en el canal 22, estuvo bien.
Después de ver la tele fui al refri por algo para la sed y me dio miedo emborracharme al tomarme las cervezas que están en el refri, afortunadamente se me antojó más un clamato y lo tome así solo, sin cheve.
Más tarde pensé en leer algo y de nuevo el miedo ¿Qué tal si me da por ir a comprar el Libro Vaquero o la TVyNovelas? Lo bueno es que se me atravesó un libro de cuentistas mexicanos que había dejado olvidado y no salí a comprar nada.
Hoy he descubierto que ni la tele me idiotiza, ni el refri me engorda y que el papel impreso tampoco ha atentado contra mi integridad.
Descubrí que el culpable de mi panza grande y mi cultura chica soy yo. Lástima, pensaba echarle esa culpa a mis papás, al gobierno, a los comerciantes, a los medios de comunicación, a la religión o a mis amigos.
Ya me dio sed… y nomas queda cheve, bueno, nomás una... o dos, mientras googleo que onda con los romances de las celebridades.

El poema.

Estaba yo en una mesa, en el centro histórico, tomaba un café y trataba de escribir un poema. De pronto pasó ella y el mundo desapareció. La vi y ella me vio y sonrió. Su acompañante, que le iba contando quien sabe que, no se dio cuenta de que nuestras miradas se correspondieron. Después desapareció y yo de estúpido me quedé ahí sentado en lugar de haber intentado conocerla. Tuve que pedir un pastel de chocolate para ahogar la pena. El poema nunca se escribió.

Alguna vez pudo haber sido alguien.

Después de no saber de nada de su antiguo pueblo, un día se topó con un conocido. Su reacción inmediata fue huir para no tener que sostener una plática forzada sobre cosas que poco le interesan. Aunque huyó, el solo hecho de haber visto a esa persona de su pueblo le trajo recuerdos y manejando camino a casa recordó los vidrios rotos, las calles oscuras, el olor a hollín, el clima frío y todas esas cosas que vivió y a las que nunca les encontró sentido; la palabra "vacío" era la que mejor definía su pasado. Un vado lo sacudió y casi lo saca del camino, decidió pararse por que su Ford Pinto empezó a temblar y a hacer un ruido extraño. A unos cuantos metros estaba el río y junto al río una cabaña de maderas que fueron blancas y ahora ya eran más bien color canela con manchas de color crema; a la entrada de la cabaña una mecedora de metal oxidada era lo único que sobresalía entre la hierba densa que parecía ser la vida predominante en ese cuadro de óleos que nunca secarían por la humedad del lugar.

Cerró su carro y se abrió paso por la hierba que no mostraba camino en su reinado y que advertía con el canto de las chicharras que la voz de los humanos son solo ecos sombríos, susurros del viento de las ideas. 22 pasos fueron los que dio antes de caer víctima del dolor causado por el veneno de una serpiente que desapareció como desaparecía el viento en su pueblo del ayer, en el que los árboles secos, carentes de hojas, escondían la dirección de ese viento en un cuadro congelado. Antes de que el veneno le causara un delirio, razonó que no tenía caso regresar al carro y buscar ayuda si el único centro que podría tener un antídoto estaba a más de 4 horas, tiempo en el que ya estaría muerto. Aguantando el dolor se quedó en la hierba. Nunca odió a la muerte ni le preocupo su llegada, así que decidió esperar su fin con toda tranquilidad.

Una patada en el estómago rompió la paz con la que había decidido morir, otra vez era atacado por una piel de serpiente. Leandro Martín, el conocido que provocó su huida, le dio una segunda patada con sus botas de víbora y vio como se retorcía enmudecido de dolor e incertidumbre. Leandro siguió su rastro y encontró a su presa, era un asesino, nada especial, era un inútil hasta que le servía a alguien que buscara venganza o quitar del camino a quien le estorbara. Un tercer puntapié hizo que mirara a Leandro con terror y Leandro gozó esa mirada que lo hacía sentir superior en su miserable existencia. De la cabaña no salió nadie, del rió no se vio ninguna embarcación y la serpiente que ahora haría un bien envenenando a Leandro tampoco apareció. El puñal que le atravesó la carne tenía un acabado de piel de víbora, pero ya casi sin escamas, en la cacha, y su hoja ya estaba oxidada pero era tan eficaz como los colmillos que le inyectaron el veneno. Fueron muchas puñaladas, más de un minuto. El veneno de la serpiente no le dio muerte, la muerte llegó por que su sangre hizo un charco que mojó su ropa y llegó casi hasta el río; la escena fue silenciosa bajo el canto de las chicharras. Leandro se fue con las botas manchadas del buen resultado de su trabajo. La palabra "vacío" tomo el cuerpo, los recuerdos y el aliento de la víctima, que se perdieron como la serpiente, como el viento.


El Ford Pinto duró 3 días más ahí, igual que el cadáver de quién nadie supo a ciencia cierta quién fue ni por qué murió. El periódico tuvo su encabezado amarillista y el cuerpo se fue a la fosa común, ese pozo en la tierra en el que hay tanto muerto que alguna vez pudo haber sido alguien, antes de que la indiferencia los convirtiera en nadie.

Charla con un amigo

Fue hace como 30 años o más que en cuanto salía de la primaria lo primero que hacía al llegar a su casa era sentarse al piano. Llevaba unos 5 años estudiando y era regular porque nunca practicaba las lecciones del método Beyer, se le hacia aburridísimo y tocaba siempre lo que se iba imaginando; para él esto era platicar con el piano. El sonido del piano le fascino desde niño y cada que escuchaba un piano entraba en un viaje imaginario. Siempre le quitaba la tapa a su piano para tocar las cuerdas directamente con sus manos y siempre lo regañaba su mamá pero los misteriosos sonidos que emanaban del roce con las cuerdas eran embriagadores. Al tocar el piano no se olvidaba del mundo, al contrario, lo musicalizaba, pues como dije antes, para él, tocar,  era platicar con el piano y era como cuando platican 2 amigos y hablan sobre lo cotidiano, los sueños, lo que no debería existir y tantas cosas.
Habiendo nacido en los 70´s le tocó vivir en una sociedad en la que los hombres no hablaban de sus sentimientos y en donde una pelea podía durar un día o años. Un día estuvo muy enojado y no platicó con su piano, solo fue a que el piano lo escuchara. Tocó sin pensar en nada, tocó solo para desahogarse, tocó y hasta le pegó con el puño a las teclas. El niño había entrado a la adolescencia y por varios años hizo del piano su paño de lágrimas, recipiente de su odio y confidente de sus amores. El piano lo consoló ante la muerte de seres queridos, fracasos escolares y malentendidos con sus padres.
Pasaron los años y la tecnología trajo los sintetizadores, el ya era un adulto y se olvidó del piano por estar maravillado con los sonidos múltiples del sintetizador: violines, tambores, trompetas, marimbas, flautas, etcétera.  Aunque ninguno de los sonidos le llegara a los instrumentos reales, la maravilla tecnológica lo hipnotizó. Pasó el tiempo y el piano se fue desafinando.  En ese tiempo, él, ya hecho un señor, aprendió que no hay sonido como el original y volvió a su piano, pero el piano ya estaba muy mal, desafinaba en todas las octavas y arreglarlo costaría una fortuna.
Hace 3 días le quitó la tapa y tocó las cuerdas como lo hacía en su niñez, el sonido lo volvió a embriagar y sintió mucho pesar por los años que dejó abandonado a su amigo. 
Espera poder arreglar su piano y también su vida, todos los días, al regresar del trabajo lo contempla y siente que le hacen falta sus notas para reconfortarlo o ayudarle a tomar decisiones.
Sigue sentándose a tocar en los pianos que encuentra, no desaprovecha la oportunidad cuando ve uno disponible, pero ahora no platica de sueños, ni de lo cotidiano, ni de injusticias, ni musicaliza al mundo; ahora, cuando toca, le cuenta a los pianos de su piano, del gran amigo que tuvo y que está recuperando.

El sol más bello.



Aunque le advirtieron que no debía ver al sol pues se quemaría los ojos, no le importó y lo hizo para impresionar a sus amigos. Lo vio durante 30 segundos y quedó ciego.


Estando ciego y reflexionando lo estúpido de su alarde, se dio cuenta de que antes de privarse de la vista por necio, ya había visto al sol. Se percató de que lo vio en las flores, en la luna, en los vitrales de la iglesia, en las vacaciones de verano, en las paletas heladas, en la luz del amanecer pintando el rostro de su mujer. Había visto al sol y su brillo sin necesidad de mirarlo directamente y quemarse los ojos. Ya que recuperó la vista vio de nuevo al sol como lo había visto antes, pero aprendió a apreciarlo . Gozó de la sombra salvadora cuando el astro rey era inclemente y del cabello tibio de su mujer cuando acariciaba su cabeza en los jardines del parque; abrazó al sol en el aroma de las flores, vio su fulgor en los ramos de rosas que tienen el color del amor y sintió su toque en el agua que salía caliente de la manguera a medio día. Cuando estuvo ciego aprendió a ver el sol como nadie.


Una semana le duró la ceguera, no fue tan trágica la cosa, y en esos 7 días se hizo más humilde y fue más feliz. El Doctor le quitó la venda de los ojos y con un sape de por medio, que le quitó la venda del cerebro, le advirtió que no volviera a hacer estupideces con sus ojos.

Se compró unos RayBan, pues todavía tenía los ojos delicados, y salió a disfrutar de una cerveza fría con su novia en una terraza, una cerveza de trigo y malta con sabor a sol. Mientras platicaba con ella miraba fascinado el brillo del sol en su rostro y lo hermosa que se veía con su vestido de verano. Dichoso por haber recuperado la vista no se aguantó las ganas de ver el atardecer, pero lo vio con un poco de miedo y respeto. El cielo de colores cobrizos y el sol del color de una braza ardiente le hicieron ver que es más bello el sol cuando no deslumbra y ahora que era más humilde se rió de si mismo y de cuando era soberbio y le importaba deslumbrar a los demás. Esa semana de ceguera le quitó un poco lo soberbio y lo hizo más romántico, para beneplácito de su novia.

Estando ciego aprendió a ver mejor.

Muy mal!!

Que mal que la gente confunda el buen humor y la alegría con la inmadurez.
Por eso no me gusta ir a los velorios.

El peor atentado contra la libertad.

Han dejado a la libertad encerrada en monumentos, encadenada a las batallas y atrapada en las banderas, han luchado en su nombre y lo primero que han hecho es matarla; sin embargo el peor atentado contra la libertad lo ha cometido quien por actuar en contra de sus principios es preso de su propia conciencia.

Abrazo!!

Quien necesitó un abrazo en un momento difícil nunca ha dejado de necesitarlo aunque hayan pasado años. Toda la gente es igual.

En efecto.

Para que andar sufriendo hoy si hay tantos mañanas.

El mejor sonido que puede haber sobre la tierra.

Me acuerdo la primera vez que vi una guitarra eléctrica y disimuladamente le busqué clavijas o algo para enchufarla. No sabía que necesitaban el amplificador, creía que el sonido salía de la guitarra como en las de caja pero con la fuerza de la energía eléctrica. -Si las pistolas de aire suenan bien fuerte… ¿Por qué una guitarra no?- me dije. Era un misterio, un artefacto mágico.
Hoy toqué mi guitarra después de meses de no hacerlo y a pesar de que ya tengo idea de como funciona la sigo viendo como un artefacto mágico que con su magia convierte los sentimientos en el mejor sonido que puede haber sobre la tierra.

¿Quién se llevó mi chocolate?



Soñé que entraba a una tienda de chocolates propiedad de una chef llamada Constanza Díaz (Se me hace que soñé ese nombre por los chocolates Costanzo), la chef era como una mujer de 1920 y me vendió un pequeño chocolate en 15 pesos. La gracia de ese chocolate es que nunca se le acababa el relleno de chocolate suave. Desperté saboreando el chocolate y viendo las paredes de mi cuarto, mismas que me pusieron en la realidad. Mi mano vacía terminó de desilusionarme.

¡¡¿En dónde está Dios?!!

Con ganas de más.

Pedro se estaba muriendo pero ni supo, porque la muerte, muy buena onda, lo hizo soñar con todos sus seres queridos para que así se fuera contento, sin sufrir. El dicho ese de "Hierba mala nunca muere" le valió esa madrugada a Pedro y la muerte desistió de su tarea con él para irse por alguien que valiera más la pena. Pedro despertó de pronto con una terrible jaqueca y con los oídos zumbándole y adoloridos; ahí si ya supo que se estaba muriendo. Dando tumbos llegó al baño para remojarse la cara y tomar aire en la ventana, mientras tomaba aire contempló la madrugada y recordó su sueño. Con los ojos hinchados y respirando débilmente pensó que si moría se iría contento, porque soñó a todos sus seres queridos muy felices.
Ya que pudo se tomó unas pastillas, 3 veces la dosis recomendada, y se alivianó poco a poco; ya que se sintió mejor dio gracias a la vida y prometió cuidar de ella cuidando de si mismo.
Más tarde, casi al anochecer, tomaba un té y pensó en lo sucedido en la madrugada, y también dio gracias a la muerte por haberle dado el mejor sueño de su vida y la inspiración para seguir adelante.
Llegó la hora de dormir y Pedro se acostó con algo de miedo y con algo de deseo porque se repitiera lo de la noche anterior aunque tuviera que medio morir, ese sueño ha sido lo mejor que Pedro ha vivido. La muerte lo perdonó, pero siendo como es, lo dejó con ganas de más.