Estaba yo en una mesa, en el centro histórico, tomaba un café y trataba de escribir un poema. De pronto pasó ella y el mundo desapareció. La vi y ella me vio y sonrió. Su acompañante, que le iba contando quien sabe que, no se dio cuenta de que nuestras miradas se correspondieron. Después desapareció y yo de estúpido me quedé ahí sentado en lugar de haber intentado conocerla. Tuve que pedir un pastel de chocolate para ahogar la pena. El poema nunca se escribió.
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