viernes, 21 de diciembre de 2012
La marchanta
En el mercado están las calaveras de azúcar, las macetas con flor de cempazuchitl, los disfraces baratos para el niño que quiera convertirse en calavera, vampiro o diablito. La gente abarrota comprando lo necesario para festejar en las escuelas, en las casas, en la calle. El día de muertos le sacó a la gente los problemas de la cabeza y la llenó de festividad. Ahora que están pegando los zombies la pintura verde se ha agotado en varios de los puestos, afuera, con un tendido en la banqueta esta una marchanta que no vende nada, su puesto se ve pobre; tiene el cempazuchitl casi seco, amontonado con unos claveles color sangre y otros color hueso; las calaveras de azúcar tienen golpes y mellas, se ven maltratadas como la cara de la marchanta, en su tendido hay también unos disfraces en unas bolsas manchadas por polvo y rocío que han dejado las bolsas blancas, ella si tiene pintura verde pero nadie se acerca a comprarle. Al verla me da la impresión de que no tiene casa, se ve que no se ha bañado en días y su mirada se ve ida, con hambre, su semblante es duro y parece que no le importa vender, parece que ya no le importa nada. Yo que ya había comprado una maceta con unas flores de cempazuchitl, cuando vi las que ella vendía, no me nació comprarle ni por lástima. Di unas vueltas para curiosear un poco más por los puestos y para bajar un poco la comida que antes había restaurado mis energías en el mismo mercado.
Escuche unos gritos, un hombre se desmayo, fue la segunda vez que vi a esa marchanta, había abandonado su vendimia y estaba aquí de pie junto a la mujer que gritaba. Como dije antes, se veía que nada le importa por que los gritos ni la inmutaron. Todo acabó en tragedia por que resultó que el hombre murió. La marchanta se fue, dejó atrás los gritos y la gente nerviosa, lentamente se marchó. Salí del mercado detrás de ella pasando entre puestos decorados con altares de muertos y el aire frío del invierno tímido me recibió en la calle. Al haber visto a esa marchanta tan ajena a todo pensé en comprarle unas flores, ahora si por lástima, pero en la banqueta ya no estaban ni la mujer, ni su tendido, ni nada. No se como fue pero desapareció aunque iba delante de mi.
Finalmente me acerqué a una anciana que vendía tamales y champurrado para comprar un champurrado para entrar en calor y desafiar el pobre clima invernal que se asoma como un aire frío pero no llega. La anciana me sirvió el champurrado y derramó un poco por que sus manos estaban temblorosas, le pregunté si se sentía bien y me dijo que se asusta cada vez que la muerte visita el mercado; me habló en voz baja y me explicó que en vísperas del día de muertos siempre se pone ahí, con su tendido en la banqueta, callada, con su mirada ida y su ropa negra. La anciana se me acerco para advertirme con voz mas baja y ronca, que siempre se lleva a uno de los que no le compran. Me entregó el champurrado y fijó su mirada momentaneamente en mis flores, después me vio con lástima, con pesar. El viento frío se unió a su ronca voz y murmuró que lo que mas molesta a la muerte es que no le compren flores de cempazuchitl…
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)






No hay comentarios.:
Publicar un comentario